domingo, 4 de mayo de 2014

Con los Crespos Hechos

Brasil era el favorito para coronarse por primera vez campeón de la Copa del Mundo de 1950, llegaba como campeón invicto de la última edición de la Copa América y era el anfitrión de aquella edición del mundial.
Se inauguraba un nuevo estadio, El Maracaná, con capacidad para 180.000 espectadores. 2 mil obreros trabajaron en la construcción de esta estructura denominada "la octava maravilla del mundo".
En esa final se iban a enfrentar dos equipos sudamericanos, Uruguay y el anfitrión Brasil. El estadio estaba abarrotado casi por completo por almas brasileñas. Su aforo sobrepasó los 180.000 espectadores pues habían 200.000.
La fiesta estaba preparada, según como llegaba el anfitrión, bastaba solo un empate para consagrarse ganador. Todos daban por seguro que el partido lo gane Brasil y la gente, segura de eso, adornó las calles y se hicieron todos los preparativos necesarios para un verdadero carnaval.
Empieza el partido y para algarabía local, Brasil se adelanta en el marcador. La fiesta era total a pesar de que Uruguay haya empatado con gol de Schiaffino. Los gritos según relatos de los jugadores uruguayos eran increíbles, nunca dejaron de alentar, mejor dicho, hasta 11 minutos antes del final del encuentro. Ghiggia anota el segundo tanto uruguayo. “Tiré con efecto. Barbosa la alcanzó a arañar. Pero no la contuvo. Me di vuelta gritando el gol y los muchachos casi me matan con los abrazos... Era una cosa extraña: solo el grito de nosotros se escuchaba, once celestes festejando ante 200.000 brasileños que no lo podían creer. ¡Eramos los campeones...!” describió Ghiggia.
El estadio Maracaná enmudeció en su totalidad, solo se escuchaba la celebración del equipo celeste. La gente sin creer lo que sucedía atinó por culpar a los jugadores brasileños de la derrota. Diarios calificaban como vergüenza nacional a su seleccionado.
Hay rumores que cuentan que Barbosa tuvo que salir disfrazado del estadio para no ser reconocido por la gente que lo culpaba de la derrota. 

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